Escuela pequeña, corazón enorme | Vino Gato
 
 

Escuela pequeña, corazón enorme

 
 

En abril también se celebra el día nacional de la educación rural ¿sabe porqué? Le contamos.

Sin camino pavimentado, sin semáforos, metro ni micros, sin vereda que separe el pasto de la carretera, sin furgón y solo a paso firme, es la llegada de miles de estudiantes a su sala de clases. Colegios en medio del campo, a cuadras de un río o lago, con un patio rodeado
de naturaleza espesa o el desierto usado como telón de fondo, hacen de sus salas de clases el segundo hogar de niños y jóvenes. Son 3.700 las escuelas rurales chilenas en la actualidad, que abren sus puertas a más de 310.000 alumnos de edades tan variadas como a misma aula. Y es que hay pueblos tan pequeños que reúnen en un mismo curso a estudiantes de distintos grados, donde la maestra o maestro debe diferenciar en segmentados grupos las actividades.

Como una especie de homenaje a estos entregados educadores rurales de todo el país, el 7 de abril se conmemora el “Día nacional de la educación rural” (Decreto 149 del 7 de abril de 1998 del Ministerio de Educación), que recuerda a nuestra premio Nobel de Literatura y pedagoga del Valle del Elqui, Gabriela Mistral, en el aniversario de su nacimiento.

Mistral era adolescente cuando comenzó a enseñar a leer a niños de cinco a diez años y a adultos analfabetos. En 1908 escribió un artículo sobre la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, publicado en “La Voz de Elqui”, donde expuso sus pensamientos sobre educación que fueron considerados por los legisladores de la época muchos años después.

Sin estudios formales como maestra, cuando Mistral quiso regularizar su oficio en la Escuela Normal de La Serena, su ingreso le fue negado por el capellán Manuel Ignacio Munizaga, quien consideró imprudentes sus publicaciones en la prensa, además de su precariedad económica. Sin embargo, su círculo cercano la animó a rendir un examen de solvencia en la Escuela Normal N° 1 de Santiago, cuya directora, Brígida Walker, le permitió dar su prueba en verso, sabiendo que le resultaba más natural para su expresión.

Años después, su gran amigo Pedro Aguirre Cerda, la ayudó para que asumiera la Dirección del Liceo de Temuco (donde conoció al niño que sería a futuro Pablo Neruda) e impartiera las clases de Castellano, incluso sin tener el título de profesora de Estado necesario para ejercer la docencia secundaria, pero contando con una verdadera vocación de maestra. 

Ante las críticas por su falta de título universitario, sin mediar en su dedicación y autoformación, Gabriela se defendía diciendo: “Yo no tengo título, es cierto; mi pobreza no me permitió adquirirlo, y este delito, que no es mío, sino de la vida, me ha valido el que se me niegue, por algunos, la sal y el agua. Yo, y otros conmigo, pensamos que un título es una “comprobación de cultura”. Cuando esa comprobación de cultura se ha hecho de modo irredargüible, por dieciocho años de servicios y por una labor literaria, pequeña, pero efectiva, se puede pedir, sin que pedir sea impudicia o abuso.” 

Con carácter pero empática, Mistral formó a niñas y niños alejados de las urbes. Les entregó herramientas de pensamiento crítico, escritura y orgullo por su tierra, dándoles posibilidades de mejorar su vida aprendiendo a experimentar con el entorno. Una labor que las maestras y maestros rurales siguen transmitiendo hasta en los rincones más insólitos de este país. 

Un salud por las escuelas rurales, un lugar de aprendizaje pero sobretodo de comunidad.

 

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